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Katsusaburo Miyamoto: una historia de amor.
El sabio y su carmelita
Escribe: Enrique Sdrech
Katsusaburo Miyamoto
"El amor puede ser la poesía del hombre que no hace versos.
Tal podría afirmarse de este pequeño japonés
de rostro receloso, que entreabre la puerta cancel de su casa para
negarse a toda entrevista. El cabello entrecano, los ojos negrísimos,
la estatura corta, la cortesía extremada, configuran un típico
hijo del Imperio del Sol Naciente".
Así comenzaba una extensa nota realizada por el recordado
colega Ignacio Covarrubias, hace más de treinta años.
Se refería a la entrevista que logró concretar, en
la ciudad de Rosario, con el doctor Katsusaburo Miyamoto,
médico, botánico, veterinario, pero por sobre todo
sabio japonés que llegó a la Argentina allá
por 1919, contratado por el Ministerio de Agricultura para trabajar
en el Instituto Bacteriológico.
Por muchos motivos esta eminencia saltó repetidamente a
la notoriedad. Fue suceso periodístico en el país
y en el extranjero, cuando, por ejemplo, salvó de una muerte
segura al pino de San Lorenzo, aquel bajo cuya sombra el general
José de San Martín redactó el parte respecto
de la victoria en la histórica batalla. Las raíces
de aquel legendario árbol habían sido atacadas por
un extraño microbio y habían resultado estériles
todos los tratamientos botánicos conocidos.
Pero seguramente sus principales logros fueron aislar la hormona
auxesina y, mediante un procedimiento sólo por él
conocido y que jamás reveló, embalsamar el cadáver
de su esposa, al que mantuvo en su casa durante años sin
dar aviso a las autoridades. El profundo amor que le profesaba a
Carmelita América Colombo, una mujer de familia genovesa
que conoció en Rosario en 1931 y con la que contrajo matrimonio
un año después, hizo que infrigiera expresas normas
legales y municipales, y decidiera continuar su vida de siempre,
compartiendo todo su tiempo al lado del cadáver del gran
amor de su vida.
Al referirse a esta increíble historia, Covarrubias no vaciló
en afirmar que "tiene un eco de madame Butterfly con Edgar Alan
Poe". Desde luego, esto es sólo un fragmento en la vida
maravillosa de este sabio japonés que durante años
asombró a cuanto visitante fuera a su casa, con su verdadero
zoológico de animales embalsamados con técnicas por
él perfeccionadas. Escuerzos, lagartos, escorpiones, tortugas,
gatos y perros parecían desafiar el tiempo con una impresionante
apariencia de vivacidad, manteniendo su peso, su aspecto, su estatura
y los ojos abiertos y la mirada brillante, todo entre bosques enanos
de cipreses, pinos, eucaliptus y otras especies exóticas.
Miyamoto había logrado aislar en forma líquida una
hormona del crecimiento vegetativo. Durante pacientes estudios durante
más de un cuarto de siglo consiguió la auxesina bajo
forma de piedra, que utilizada como abono aceleraba diez veces el
crecimiento de las plantas. Muchas instituciones intentaron convencerlo
de que industrializara su invento, lo que lo hubiera convertido
en millonario. Pero él nunca aceptó. Prefirió
defender celosamente una soledad dedicada a sus dos más caras
aficiones: el amor y el cariño hacia su mujer a quien
realmente idolatraba y la eonosomía (eono: eterno,
somía: cuerpo).
Por todo ello, cuando en el mes de julio de 1959 se produjo el
fallecimiento de Carmelita Colombo, muchos pensaron que Miyamoto
no resistiría el dolor y la angustia y que su cansado corazón
le jugaría una mala pasada. Pero no fue así, sobreponiéndose
a duras penas a tanto infortunio el sabio se encerró en su
vieja casona de la calle Buenos Aires 1507 y en el mayor de los
silencios inició el proceso que derivaría en el mayor
asombro científico: la conservación del cuerpo de
Carmelita sin extraer las vísceras.
Nunca, a nadie, reveló el secreto de su sensacional descubrimiento.
Sólo se sabe que inyectó ácidos y sales en
el cadáver de la mujer, que mantuvo envuelto mucho tiempo
en paños mojados, mientras pacientemente iba eternizando
los cabellos mediante un proceso que comenzaba en la cabeza.
Esta historia, donde el amor y la ciencia caminan juntos de la
mano, no estaría completa si no contáramos el final.
Durante años el sabio Miyamoto logró mantener en
secreto aquel logro. Sin embargo, en 1967, requerido por instituciones
científicas de su país, debió marchar con destino
a Tokio. En la antigua casona de Rosario quedó el cadáver
embalsamado de su esposa, protegido tal vez por aquel zoológico
en miniatura.
Cuando en razón de los compromisos científicos que
se presentaron en Japón Mayimoto se dio cuenta que su estada
se iba a prolongar mucho más de lo debido, comenzó
a reclamar, vía consular y en forma insistente, el envío
del cuerpo de su amada Carmelita. Aquí, la desidia, la negligencia
y la burocracia conspiraron en su contra y su angustioso pedido
nunca fue atendido.
Enfermo, dolorido, cansado de vivir, Mayimoto murió en 1970
en su país natal, aguardando inútilmente reunirse
con su amada.
Como prueba de este caso increíble, en el Museo de Anatomía
de la Facultad de Ciencias Médicas de Rosario se exhibe el
cuerpo petrificado o momificado de Carmelita Colombo. Llama la atención
de los visitantes la tersura de la piel y el brillo casi vital de
los ojos, todo lo cual habla con elocuencia de la perfección
del método utilizado y, sobre todo, de la fuerza del amor,
un amor que Mayimoto logró eternizar recorriendo los insondables
caminos de la ciencia. más allá del dolor y de la
muerte.
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